Saltar al vacío, que de vacío no tiene nada.
Una mañana desperté y me dije: Hoy salto.
Claro que hacia rato la idea rondaba por mi mente, pero estaba esperando el “momento” (o eso me decían los miedos que me habitan)
Cuando llego al mostrador una rubia sonriente me recibe y sin mucho que hablar, dado que más que saltar en paracaídas no ofrecían, le digo que quiero saltar en ese mismo momento.
Me dice que podía ser posible pero a las 2pm con lo cual le hice saber que si lo pienso mucho no lo hago, que por eso tenia que ser Ya; pero no había chance, mi mente iba a crear en las próximas 5hs las mejores películas de suspenso y ciencia ficción.
Me propuse meditar. Detener los pensamientos, respirar, y vivir el momento.
Hasta que.... Cuando se abrieron las puertas de la avioneta y ya no había vuelta atrás porque estaba completamente enganchada al tipo que ya saltó más de 2mil veces en su vida, pensé: Ya esta Roció, hacete cargo, vos solita llegaste hasta acá porque quisiste.
Aún no recuerdo si tomé una gran bocanada de aire o si el aire me entró por todos los orificios de mi cara tan bruscamente que me dejó sin aliento.
Cómo a los 5 segundos de caída libre lancé mi primer grito entrecortado. Por experiencia en montañas rusas, sabía que si gritaba “dolía” menos. Al parecer eso solo era válido en parques de diversiones, porque no me sirvió de nada.
El frío y el viento en mi cara eran inexplicables. Lo que más me preocupaba era mi corazón, lo podía sentir latir como nunca. Lo bueno es que supe que funciona bien.
Lo disfruté, claro. Sobretodo cuando el paracaídas se abrió y con él se cerraron las 150 posibilidades de muerte. Lo más lindo fue planear, y dejar que la tela que me sostenía la haga bailar el viento.
Confirmé que me encantaría ser un pájaro. No solo porque tienen alas y van donde quieran, sino porque se dejan llevar por el momento a donde sea que la vida los lleve.

