Samoa día 47
Cada tanto me gusta en mi día libre venir a la capital de Samoa, Apia. Queda a 2hs en bus desde donde vivo y trabajo.
Si veo que el Hostel está vacío me pongo contenta. Muchas veces prefiero la soledad. Estar tranquila, conmigo a solas.
En la aldea donde vivo ya me conocen, la mujer de la tienda de pan, el conductor del bus qué pasa dos veces al día, el borracho que siempre anda por ahí pidiendo cerveza, las familias vecinas, los perros del barrio.
Soy la “blanca” (palangui en samoano) que vaya a saber uno que vino a buscar acá. Y yo que desearía poder camuflarme como uno más. Aprendí lo básico del idioma, luzco ropa local, emito sonidos que en mi tiempo de observación me convirtieron en experta de onomatopeyas samoanas, se como ahuyentar a los perros territoriales que me ven pasar por su espacio, como pedirle al chofer del bus que se detenga, pero nada de todo eso me hace siquiera pasar como una local. Aún así me divierto, cuando los niños me preguntan el significado de la canción “Despacito” o no entienden cómo es que soy vegetariana, me cuestionan cómo es un avión, y cómo es de donde vengo.
Mientras me alejo por un día de todos ellos, aprovecho a leer en mi idioma, a dormir en una cama y con ventilador, a descansar del sol de playa que todos los días toca mi piel, a refugiarme en mi misma para luego volver al ruedo.
Samoa es fuerte, como el sol. Aún así, la amo.
